La prima no está en el barril

Lo que la guerra de Irán dejó al descubierto sobre el precio de la energía, y por qué eso ubica a la Argentina en un lugar distinto del que el entusiasmo le quiere asignar.

La guerra terminó, o algo parecido. El miércoles 17 de junio Estados Unidos e Irán firmaron por vía electrónica un memorándum de entendimiento de catorce puntos, con mediación de Pakistán, que declara el cese de las operaciones, ordena reabrir el estrecho de Ormuz y levantar el bloqueo naval en treinta días. El mercado reaccionó como reacciona siempre ante una promesa de calma: el Brent cayó a 78 dólares, después de haber roto los 100 y de haber tocado los 119 en los peores días. La conclusión apresurada es que volvimos al punto de partida. La conclusión correcta es que no se vuelve al punto de partida cuando lo que cambió no es el precio sino lo que el precio ahora tiene que descontar.

Conviene separar lo coyuntural de lo permanente. Lo coyuntural fue el salto de precios, y ya se está desinflando. Lo permanente es otra cosa, y es de eso de lo que hay que hablar. Esta guerra dejó tres certezas que no se desarman con un alto el fuego.

La primera es que Irán descubrió, y la inteligencia estadounidense ahora lo admite por escrito, que puede cerrar Ormuz cuando quiera. Por ese estrecho pasa cerca del veinte por ciento del petróleo y del gas natural licuado del mundo. Lo que antes era una amenaza teórica, descartada incluso por quienes diseñaron la ofensiva, pasó a ser una capacidad probada. El riesgo de chokepoint (cuello de botella) dejó de ser una hipótesis para convertirse en un dato estructural del precio, y los datos estructurales no se borran porque se firme un papel.

La segunda certeza es que el sedante se gastó. Para contener la suba, Occidente liberó cuatrocientos millones de barriles de sus reservas estratégicas, hubo reunión de urgencia del G7 y hasta seguro de riesgo político para el tráfico marítimo. El benchmark no fue libre: fue administrado. Pero esa anestesia tiene un costo que se paga después. El colchón que amortiguaba los shocks quedó más vacío, de modo que el próximo encuentra menos respaldo. La manipulación a la baja de hoy sube el piso del riesgo de mañana.

La tercera es que esto no es una paz, es una pausa condicional de sesenta días. El propio secretario de Defensa estadounidense advirtió que podría reanudar los ataques y reimponer un bloqueo inquebrantable si Teherán no cumple. Mientras la calma dependa del comportamiento de las partes y no de un garante, el riesgo no desaparece: se incorpora al precio de forma permanente.

De esas tres certezas se desprende un movimiento que sí importa para nosotros: la renta energética se está corriendo lejos del Golfo Pérsico. Estados Unidos, que es una potencia exportadora, se benefició de los precios altos y llevó sus exportaciones a casi trece millones de barriles diarios. Brasil y Venezuela recibieron ingresos extraordinarios. El conflicto operó como una transferencia desde el corredor inseguro hacia los productores que no dependen de él. Y ahí, recién ahí, aparece la Argentina.

Es tentador rematar el argumento diciendo que el petróleo argentino, libre de riesgo geopolítico, va a cotizar por encima del mercado. Es tentador y es falso. El crudo es un commodity fungible que se referencia contra el Brent; un barril es un barril, y nadie paga por encima del benchmark por uno más seguro. Al contrario: un proveedor nuevo y lejano suele vender con descuento, Brent menos un diferencial por flete, calidad y la desconfianza que merece todo entrante reciente. Quien escriba que vamos a vender más caro confunde el precio de la molécula con el valor de la seguridad, y se lo desarman en un párrafo.

El valor de la seguridad existe, pero vive en otro lado. Vive en la certeza de colocación: es lo que explica que la estatal alemana SEFE, el vehículo con que Berlín reconstruyó su abastecimiento tras romper con el gas ruso, haya comprometido ocho años de GNL de Vaca Muerta, y que compradores asiáticos hoy dependientes de Ormuz busquen contratos de largo plazo con un proveedor que no cruza el estrecho. Vive en el diferencial que se angosta a medida que se construye reputación de confiable: el premio es dejar de perder, no cobrar de más. Vive en el costo del capital, porque la previsibilidad de flujo abarata el financiamiento y acelera la infraestructura. Y vive en el valor de cobertura para el comprador, que paga por diversificar, es decir por sacarse de encima el seguro de guerra y el recargo de flete. En todos los casos la prima está en el contrato, no en el barril.

Hay que decir lo que incomoda, porque sin eso el argumento es propaganda. La Argentina no está libre de prima de riesgo: solo está libre de la geopolítica del estrecho. Carga otra, institucional y macroeconómica, hecha de default, de controles de cambio, de retenciones y de reglas que cambian. El RIGI existe precisamente para neutralizar esa segunda prima, y todavía no terminó de hacerlo. Por eso se sigue reconociendo que estamos alrededor de un treinta por ciento detrás de Estados Unidos en costos. Cambiamos un riesgo de ruta por un riesgo de país, y el comprador descuenta los dos.

El cuello de botella, además, no es geológico. El recurso está. Lo dijo sin vueltas el propio número uno de una de las mayores petroleras del mundo: el desafío de la Argentina ya no es la geología sino la institucionalidad y la infraestructura. Sobra reservorio y falta caño. Falta evacuación, falta licuefacción, falta el marco que vuelva financiable a treinta años una promesa que hoy es un yacimiento y un cronograma.

De modo que la oportunidad es real, pero conviene nombrarla bien. No es la oportunidad del barril caro: ese ya se desinfló esta semana y atar el futuro del país a que la crisis persista es apostar a la desgracia ajena, que además es reversible. Es la oportunidad de la seguridad escasa. El mundo acaba de comprobar que la ruta más transitada del comercio energético puede cerrarse por decisión de un solo actor, que el amortiguador que la sostenía se consumió y que la paz que la reabre es frágil. En ese mundo, un proveedor que no cruza Ormuz vale por lo que ofrece de previsible, no por lo que cobra de más.

La ventana, como toda ventana de confiabilidad, se abre con la memoria del miedo y se cierra cuando el precio se normaliza. Si para entonces el caño no llegó y el marco institucional no convenció, la Argentina habrá mirado pasar, una vez más, una oportunidad que el mercado, hoy más que nunca, estaba dispuesto a aprovechar. La prima no está en el barril. Está en saber llegar a tiempo.

Alejandro Di Palma

Miembro de IESO

Junio 2026

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